Uno de los grandes enemigos que
enfrentamos al tratar de preservar nuestro bienestar es el exceso de
actividad mental. La mayor parte del tiempo mantenemos un monólogo
silencioso que nos acompaña donde quiera que vamos, como si fuera una
especie de radio encendido muchas horas al día, y, lo más grave, es que
la mayoría de esas ideas que ocupan nuestra mente son negativas,
pesimistas y cargadas de temor ante lo desconocido.
Basta que
otra persona nos sugiera que seamos más optimistas o que dejemos de
anticiparnos a lo que sucederá, para que insistamos en el hecho de ser
realistas, justificando nuestros comentarios y manera de interpretar la
vida. Lo que no sabemos es que mientras más justificamos nuestra actitud
y comportamiento menos posibilidades tenemos de romper el ciclo de
angustia, preocupación y cansancio en el que nos sentimos atrapados.
Es
importante que aprendamos a serenar nuestra mente, que no significa
quedarnos completamente en blanco, tarea que sería muy difícil de
cumplir, sino, más bien, que comencemos a administrar nuestros
pensamientos, evitando profundizar en los negativos, afrontando los que
nos preocupan y potenciando aquellos que fortalecen nuestro optimismo,
valor, confianza y actitud positiva ante la vida.
Es natural
sentirnos de vez en cuando abrumados o preocupados por una idea, estamos
vivos y sujetos a todos los cambios que ocurren a nuestro alrededor. Lo
equivocado sería permanecer angustiados la mayor parte del tiempo por
ideas y temores que existen solo en nuestra mente, y que se mantienen
por nuestra incapacidad de enfrentarlos, transformarlos y resolverlos.
Quizá
no podamos evitar que aparezcan preocupaciones, pero sí decidir qué
hacer con ellas. Es preciso aprender a tratar las preocupaciones como lo
que son: ideas sobre un futuro incierto, pero que en verdad, no son el
futuro en sí. De hecho, en cuanto aparece una inquietud podemos decidir
entre alimentar el temor o ponerle límites lo más rápidamente posible,
antes de que tome fuerza y nos agobie.
Necesitamos recuperar la
paz mental, y esto solo se logra aquietando la mente y bajando la
velocidad de los pensamientos, pues el cerebro, cuando está en
actividad, empieza a producir juicios, evaluaciones y comparaciones que
aumentan nuestro nivel de ansiedad.
Cuando nos sentimos
relajados, aumenta nuestra capacidad de atención y concentración, baja
nuestro nivel de estrés, mejora nuestra capacidad de descansar y
sentimos una agradable sensación mental y corporal que nos libera de la
tensión a la que estamos acostumbrados, y nos ayuda a recuperar la
vitalidad, a fortalecer nuestra voluntad, a aumentar el optimismo y nos
acerca a la paz interior. Realizar unos pequeños cambios en nuestra
manera de pensar y de interpretar la vida puede ser suficiente para
aumentar la calidad de nuestros días.